El daño silencioso de las pantallas
El exceso de pantallas puede reducir juego, movimiento e interacción. El equilibrio con experiencias reales es clave para el desarrollo infantil.
Vanesa Fumero y Cristina Fumero
3/29/2026


El daño silencioso de las pantallas
Cuando se habla de niños y pantallas, casi siempre aparece la misma pregunta: ¿Cuántas horas son demasiadas?
Pero desde la psicología y la neuropsicología hay otra pregunta igual de importante que a veces olvidamos: ¿Qué está dejando de hacer el niño desde que existen las pantallas en su vida?
Los niños no aprenden solo mirando o escuchando. Su cerebro se desarrolla a través del movimiento, la exploración y la interacción.
Cuando un niño:
construye con piezas
corre
dibuja
discute con un amigo
inventa una historia
Su cerebro está trabajando y aprendiendo: analiza, expresa, siente emociones y las regula, presta atención, resuelve de problemas…
Las pantallas están diseñadas para captar la atención: colores intensos, sonidos, cambios rápidos, recompensas inmediatas. Por este motivo, el cerebro se engancha con facilidad.
El problema aparece cuando el mundo real, más lento y menos espectacular, empieza a resultar menos interesante en comparación.
Entonces empieza a aparecer frases como:“Me aburro.” “Esto es aburrido.”
El cerebro se acostumbra a una estimulación muy intensa y constante. Y esto, es un problema que empezamos a ver los psicólogos en la consulta. “Nada le interesa, solo quiere pantallas”.
Pantallas sí, pero con equilibrio
La cuestión no es eliminar completamente las pantallas, sino equilibrarlas con otro tipo de experiencias:
juego libre
movimiento
contacto con otros niños
creatividad
tiempo sin estímulos llamativos
Y que, estas experiencias, ocupen un porcentaje mayor en el día a día del niño, del que ocupa las pantallas.
Vanesa Fumero y Cristina Fumero




